Luis Francisco Prieto, quien hace dos décadas dejó su ciudad natal después de obtener una beca de intercambio que terminó cambiándole la vida. Hoy vive en Turín, Italia, junto a su familia, trabaja en proyectos de impacto social.
¿Cómo es vivir prácticamente la mitad de la vida en Concordia y la otra mitad a más de 11 mil kilómetros de distancia? La respuesta puede encontrarla Luis Francisco Prieto, un concordiense que en 2006, cuando tenía apenas 16 años, obtuvo una beca de AFS, una organización internacional de intercambio cultural con presencia también en Concordia.
Lo que inicialmente debía ser una experiencia de apenas un año terminó transformándose en el punto de partida de una nueva vida. Prieto llegó a Turín, en el norte de Italia, para vivir junto a una familia anfitriona y experimentar durante doce meses la cotidianeidad de un joven italiano.
Primeros pasos en Europa
La experiencia fue tan positiva que creó un vínculo muy fuerte con aquella familia. Finalizado el intercambio regresó a la Argentina, terminó la escuela secundaria y ya tenía todo preparado para comenzar sus estudios universitarios en Rosario. Sin embargo, una conversación terminó cambiando nuevamente sus planes.
“Con esta familia que me había hospedado surgió la posibilidad de venir para acá a estudiar, a ver un poco el mundo, a conocer. Y dije: ‘Bueno, me voy’, por pura curiosidad y ganas de ver el mundo”, recordó.
Lo que en principio imaginaba como una estadía de tres o cuatro años terminó convirtiéndose en casi dos décadas. “Al final, lo que podían ser tres o cuatro años de universidad se convirtieron en 20 y casi toda la vida”, resumió.

Turín, el lugar que terminó convirtiéndose en su casa
Prieto construyó su vida en Turín —Torino, en italiano—, una ciudad que destaca por su historia, su arquitectura y su cercanía con los Alpes. Fue la primera capital del Reino de Italia y conserva un importante patrimonio arquitectónico vinculado a la Casa de Saboya, con palacios, castillos y edificios históricos que forman parte de la identidad de la ciudad.
“Torino es hermosa, tiene montañas, tiene toda la parte histórica. Hay mucha arquitectura, castillos, palacios reales. Es una ciudad muy bonita”, describió. También valoró su ubicación estratégica, con las montañas a poca distancia, posibilidades de realizar actividades al aire libre y una intensa actividad cultural.
“No es tan grande como Roma o Buenos Aires, pero tampoco es demasiado pequeña. Tiene mucha actividad cultural, innovación social y también innovación empresarial”, explicó.
A ello suma aspectos que considera centrales en su calidad de vida, como el transporte público, el sistema sanitario y la seguridad. “Es más relajado desde el punto de vista de la seguridad. Uno puede andar tranquilo”, señaló.

La otra cara de vivir en Europa
Sin embargo, Prieto también buscó alejarse de una mirada idealizada sobre la vida europea. Según su experiencia, Italia enfrenta desde hace años importantes dificultades demográficas y económicas, entre ellas una población envejecida, baja natalidad y problemas para generar crecimiento sostenido.
“Hay mucho mito con esto de ‘Europa, Europa’. Italia es un país que económicamente está bastante estancado y no es fácil crecer”, sostuvo.
En ese sentido, consideró que emprender puede resultar complejo debido, entre otras cuestiones, a la presión impositiva y a una economía con menor dinamismo. “En Argentina, si uno tiene ideas y le pone pilas, muchas veces lo logra porque es un país que tiene movimiento. Acá cuesta muchísimo tener un trabajo o emprender”, expresó.
No obstante, destacó que existen sectores con una alta demanda laboral, especialmente para quienes poseen determinados oficios. “Electricistas, soldadores, plomeros, enfermeros: en esos sectores sigue habiendo mucho trabajo”, explicó.

Una rutina diferente a la del Litoral
Otro de los grandes cambios tuvo que ver con los horarios y la forma de organizar la vida cotidiana. En el norte de Italia, explicó, las jornadas suelen terminar mucho antes que en Argentina. La cena habitualmente se realiza entre las 19 y las 20 y, a partir de allí, la actividad cotidiana disminuye considerablemente.
“Entre el almuerzo y la cena no hay mucho tiempo. Yo vuelvo después de las siete y ya hay que cenar. No queda prácticamente tiempo para un mate”, relató. Por eso, el ritual argentino queda generalmente reservado para los fines de semana, cuando comparte mates junto a su pareja y sus hijos.
La llegada del otoño y el invierno también modifica por completo el ritmo de la ciudad. “Oscurece temprano, hace frío, hay humedad y neblina. La vida se cierra mucho hacia adentro. Después llega la primavera y el verano y todo vuelve a abrirse”, describió.
Rol laboral en Europa
La experiencia profesional de Prieto también estuvo marcada por su vida fuera de Argentina. Actualmente se desempeña como gestor de proyectos —project manager— en el ámbito social, trabajando en una asociación dedicada a combatir el abandono escolar en sectores vulnerables de Italia y a promover la participación de niñas y jóvenes en disciplinas científicas.
“Me ocupo de recaudar fondos para una asociación que trabaja contra el abandono escolar, sobre todo en barrios pobres y difíciles, y que busca acercar a las niñas y las chicas a las materias científicas, donde todavía existe mucha disparidad”, detalló.
Antes de ese trabajo desarrolló durante más de una década su actividad profesional en Slow Food, un movimiento internacional nacido en Italia que trabaja en torno a la alimentación, la biodiversidad y la preservación de las culturas gastronómicas. Allí llegó a coordinar una importante área vinculada a redes internacionales de comunidades indígenas y pueblos originarios.
“Mi objetivo era proteger la diversidad alimentaria, la biodiversidad, las culturas, las comidas típicas y las tradiciones que se están perdiendo”, explicó. Ese trabajo le permitió recorrer diferentes partes del mundo y trabajar con comunidades de África, Asia, Estados Unidos y América Latina.
Un poco de Argentina en Europa
Durante sus años en Italia, Prieto fue testigo de las distintas etapas de la migración argentina. Recuerdó que cuando llegó existía una importante comunidad de compatriotas en Turín y en toda la región del Piamonte. Incluso participaban de torneos de fútbol en los que cada colectividad de inmigrantes formaba su propia selección.
Con los años, muchos argentinos comenzaron a regresar al país. “Llegó un momento en que se hacía difícil juntar once o quince argentinos para jugar un partido”, contó. Pero aquella tendencia volvió a modificarse durante los últimos años. “Hace unos cinco años empezó a llenarse nuevamente. Ahora caminás por el centro y seguramente escuchás algún acento argentino”, afirmó.
La presencia es tal que asegura haber encontrado compatriotas incluso en pequeños pueblos de montaña. “Me pasó de encontrar argentinos charlando en pueblos de 40 habitantes. Vi cómo se llenó, cómo se vació y ahora cómo se volvió a llenar”, reflexionó.
Extrañar las costumbres
Cuando habla de Concordia y de la Argentina, hay una palabra que se repite en el relato de Prieto: tiempo. No necesariamente el tiempo cronológico, sino aquella forma característica del Litoral de detenerse, conversar, compartir y no estar constantemente pendiente del reloj.
“Extraño del Litoral la lentitud, el tiempo lento. Tomarse tiempo para reflexionar, para estar juntos, para tomar unos mates, para estar con amigos, para no hacer nada”, expresó.
También aparecen inevitablemente los asados, la siesta, los clubes y la Costanera. “Extraño los clubes. Acá no existen como funcionan en Concordia, donde pagás una cuota, estás con tus amigos, los chicos corren, juegan y hacen sus actividades. O ir a la Costanera, sentarte debajo de un árbol con amigos o con la familia a tomar unos mates”, recordó.
A eso se suma algo más difícil de explicar y que él define a partir de una palabra italiana: leggerezza, que podría traducirse como cierta ligereza para afrontar la vida. “La gente en Argentina se ríe más, tiene más buena onda. Tal vez tiene menos cosas o menos posibilidades, pero se ríe más y vive más tranquila. Cada vez que voy a Argentina soy feliz”, aseguró.
Una familia con raíces argentinas
Prieto llegó solo a Italia. Su familia permaneció en Argentina y esos vínculos continúan siendo una parte fundamental de su vida. Hoy tiene tres hijos y junto a su familia intenta mantener permanentemente el contacto con Concordia y con sus raíces argentinas.
“Tengo grupos de WhatsApp con mis amigos históricos, con mi familia, hacemos videollamadas. Quiero que mis hijos aprendan español y que se comuniquen con sus familiares, porque esas son también sus raíces”, sostuvo.
Regresar, sin embargo, se volvió cada vez más complicado. “Ahora somos cinco. Después del COVID los precios de los vuelos se volvieron una locura y económicamente es difícil viajar todos”, explicó.
“Se empieza a dividir el alma”
Después de casi veinte años fuera del país, Prieto sintetiza su experiencia migratoria con una reflexión que atraviesa buena parte de su historia. “Yo creo que una vez que uno emigra, aunque sea por placer o por curiosidad, como fue mi caso, se empieza a dividir el alma”, afirmó.
Vivir tanto tiempo en dos culturas diferentes también transforma la identidad. “Acá sos el argentino, pero cuando vas a Argentina sos el tano. Y siempre vas a extrañar algo del otro lugar”, explicó.
Es una sensación que, según reconoce, no necesariamente encuentra una respuesta definitiva. “Por momentos le encontrás respuestas y por momentos no. Te convertís un poco en ciudadano de los dos mundos o en ciudadano de ningún mundo”, reflexionó.
Fuente: El Concordiense
