Detrás de cada persona, hay una historia de esperanza y superación. Esta es la historia de Andrea Barrios, comerciante local quién se resguardo en su familia y la fe.
Hace nueve años comenzó vendiendo empanadas caseras. Hoy es propietaria de Drugstore El Faro y administra kioscos escolares en Concordia. Sin embargo, detrás del crecimiento comercial hay una historia de fe, depresión, familia y resiliencia. Andrea Barrios encontró en Dios la fuerza para salir adelante y convirtió cada desafío en un nuevo escalón de una escalera que, asegura, todavía no termina.
Hay frases que permanecen mucho tiempo después de terminada una conversación. Andrea Barrios pronunció esa casi al final de una charla sencilla, mientras hablaba de trabajo, de su familia y de los sueños que todavía le quedan por cumplir. Sin proponérselo, resumió en una sola imagen la manera en la que eligió vivir sus 45 años.

Superación y crecimiento
Hoy es la propietaria de Drugstore El Faro, inaugurado en febrero de 2026 sobre calle Lieberman 419. También administra kioscos escolares y lleva casi una década dedicada a un oficio que combina el comercio con la cocina casera. Sin embargo, detrás de cada empanada y de cada flan hay una historia mucho más profunda.
Su camino comenzó hace nueve años. Durante cuatro años trabajó en el Club Ferrocarril de Concordia, donde muchos todavía recuerdan sus empanadas caseras de carne. Luego llegó un paréntesis de otros cuatro años, hasta que regresó con los kioscos en las escuelas y, finalmente, cumplió uno de sus mayores sueños: abrir su propio drugstore.
Cuando se le pregunta qué es lo que más disfruta de su trabajo, Andrea no habla del crecimiento del negocio ni de las ventas. Habla de la familia. Siempre buscó trabajar rodeada de los suyos, compartir cada proyecto con sus hermanos, sus hijos y las personas que ama. Para ella, la tranquilidad no pasa por controlar cada movimiento, sino por confiar.
«Si alguien quiere hacer las cosas mal, es un problema de esa persona, no mío», dice con una serenidad que parece inquebrantable.
Nunca entendió a quienes le preguntaban cómo hacía para trabajar con familiares sin desconfiar. Su respuesta siempre fue la misma: «La conducta del otro pertenece al otro». Ella eligió confiar porque está convencida de que la vida devuelve aquello que uno entrega.
Esa forma de mirar el mundo nació mucho antes de convertirse en comerciante. Andrea recuerda un momento que marcó su vida para siempre. Cuando debieron despedir a su tío Agustín, el mayor temor era cómo atravesaría ese dolor su padre, Miguel. Sin embargo, fue él quien terminó abrazándola y diciéndole una frase que jamás olvidó:

Frases que quedan en la memoria
«Tranquila, mija. No va a pasar nada«, aquellas palabras fueron mucho más que un consuelo. Andrea sintió que, si la persona que más la amaba podía descansar con tanta paz en algo superior, ella también podía hacerlo. Desde entonces decidió confiar plenamente en Dios.
No fue una fe construida desde la comodidad. Durante nueve años atravesó una profunda depresión. Hubo días en los que ni siquiera sabía cómo su hija Micaela iba y volvía de la escuela. Hoy recuerda aquella etapa con sinceridad, sin ocultar el dolor que significó.
Fue la Iglesia, asegura, la que le tendió una mano cuando más lo necesitaba. Allí encontró una comunidad, una nueva forma de vivir la fe y, según cuenta, recibió el don de lenguas. No intentó entenderlo todo. Simplemente decidió aceptarlo y seguir caminando. Esa decisión cambió su vida.
Quienes la conocen saben que Andrea cocina como si cada plato fuera para su propia mesa. Nunca piensa primero en cuántas porciones venderá ni cuánto dinero ingresará. Mientras prepara una comida, imagina que será compartida con su familia. Quizás por eso sus empanadas y, especialmente, su famoso flan casero siguen siendo buscados incluso mucho tiempo después de haber dejado un lugar de trabajo.
Cuando la conversación gira hacia cuál considera que es su especialidad, ella duda. No sabe qué responder. Entonces aparece Micaela, su hija, su mano derecha y, según ella misma reconoce, uno de los pilares más importantes de su vida. Con una sonrisa espontánea responde por ella:

Recuerdos de mamá
La escena vale más que cualquier descripción. Mientras Andrea cuenta historias, Micaela continúa haciendo el repulgue de una empanada. Trabajan juntas, aprenden juntas y construyen juntas.
Hoy Andrea también disfruta de otro gran regalo: su nieta Malena. Con ella intenta romper cadenas que arrastró durante muchos años. Le regala tiempo, paseos bajo el sol, abrazos y momentos que siente que ella misma no pudo vivir durante su infancia. Porque para Andrea, sanar también significa ofrecerle a la siguiente generación una historia diferente.
A lo largo de la charla hubo una idea que apareció una y otra vez: Andrea nunca suele conformarse. Sigue soñando. Sigue emprendiendo. Sigue cocinando. Sigue confiando. Y sigue subiendo. Porque, como ella misma dice, «la escalera por la que voy no tiene fin. Pero delante mío va Dios, guiándome por dónde seguir».
Por Sofía Barrios, pasante de El Concordiense.
